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Cien años de Guillermo Cano: memoria traicionada por El Espectador

Guillermo Cano cumpliría hoy un siglo. Lo mataron en 1986, frente a la redacción que dirigía, por decir lo que otros callaban. Su periódico de entonces ya no existe: sobrevive un cuerpo hueco, con su nombre, que publica homenajes vacíos mientras sirve a los poderes que Cano despreciaba.

El homenaje que oculta la traición
El 12 de agosto de 2025, El Espectador publica un homenaje a Guillermo Cano. Texto sobrio, fotografía en blanco y negro, el tono solemne de las fechas redondas. En la superficie, un gesto de respeto. En el fondo, una operación de maquillaje. Porque honrar a Cano implica vivir según sus principios, y el diario que lleva su nombre hace tiempo eligió otra cosa. En las redacciones actuales, la palabra “riesgo” se pronuncia como si fuera un anacronismo. Las paredes están llenas de pantallas encendidas y de tazas de café recalentado. Los periodistas jóvenes hablan en voz baja, como si temieran molestar a un cliente invisible.

La verdad antes que el miedo
Guillermo Cano no fue un héroe de bronce. Era un hombre lúcido, consciente de que el país estaba podrido hasta el tuétano y de que callar equivalía a un suicidio lento. Dirigió un periódico que, en aquellos años, se permitía el lujo de decir la verdad. Sabía que cada editorial podía costarle la vida, y aun así escribía. Pagó el precio final: lo asesinaron a plena luz del día, como se mata a un animal salvaje que se niega a ser domesticado. No se engañaba sobre la naturaleza de sus enemigos: narcos, políticos corruptos, empresarios que financiaban la sangre. En su escritorio, los artículos eran hojas que ardían sin fuego.

La mutación del periódico
Lo que siguió fue un lento proceso de adaptación. El Espectador que Cano dejó murió con él. En su lugar creció una criatura distinta, más dócil, más rentable. La investigación incómoda se cambió por prudencia estratégica. La denuncia frontal cedió espacio al comentario tibio. La autocensura se volvió un hábito tan natural como encender el ordenador por la mañana. Los vínculos con el poder se suavizaron hasta convertirse en relaciones comerciales. En la sala de reuniones, se empezó a hablar más de métricas que de verdades. El periódico dejó de cazar a los depredadores y comenzó a lamer sus manos.

El homenaje vacío
El homenaje del centenario encaja perfectamente en esta lógica. Palabras correctas, historia resumida, cero riesgo. No se nombra la complacencia con el poder político, no se habla de las alianzas económicas, no se menciona la autocensura que hoy marca cada titular. Cano aparece reducido a una fotografía amarillenta, a una cita aislada, a un símbolo inofensivo. Es el retrato colgado en un pasillo donde nadie se detiene, salvo para evitar el silencio incómodo.

La lógica de la recuperación simbólica
Es un mecanismo viejo: tomar una figura incómoda, convertirla en estatua y neutralizarla. Se ha hecho con políticos, escritores, sindicalistas. En Colombia, la memoria de Jorge Eliécer Gaitán se agita en discursos oficiales mientras se pisotean sus demandas. Fuera, Martin Luther King y Nelson Mandela son citados como si fueran apóstoles del consenso, despojados de todo lo que incomodaba al sistema. La memoria se empaqueta y se vende, limpia de cualquier carga subversiva. El resultado es siempre el mismo: quienes ayer habrían deseado su muerte, hoy se presentan como sus herederos.

La degradación del oficio
El caso de El Espectador no es único. Es el reflejo de un periodismo que, en todo el mundo, se acomoda a la temperatura del poder. Los viejos reporteros, con sus libretas llenas de nombres peligrosos, son sustituidos por opinadores de redes sociales. Las investigaciones se reemplazan por notas rápidas que no molestan a nadie. En las redacciones, el aire huele a impresoras y a miedo. El tiempo se mide en clics, y la verdad se negocia como un contrato publicitario. El oficio se marchita, no de golpe, sino lentamente, como una planta que deja de recibir agua.

Honrar a Cano hoy no significa repetir su nombre. Significa aceptar su condena: vivir con la certeza de que decir la verdad cuesta caro. Significa incomodar, desafiar y no pedir permiso. Significa romper con el consenso cómodo que hoy domina a la prensa. Significa entender que ningún homenaje salva a un medio que decidió dejar de merecerlo, y que en el periodismo, como en la vida, la dignidad no se hereda: se ejerce, o se pierde para siempre…

G.S.

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