Colombia, la élite medieval de un país moderno

Cuando los herederos de la colonia libran una guerra santa contra la justicia social

A pesar de su imagen de país dinámico y estratégicamente ubicado entre los Andes y dos océanos, Colombia sigue siendo una de las naciones más desiguales del continente. Aunque las armas se silenciaron tras el acuerdo de paz de 2016 con las FARC, la guerra social continúa. Sin una transformación estructural real, el país permanece atrapado en una lógica de reproducción de privilegios. La llegada de Gustavo Petro al poder en 2022 abrió una grieta. Pero este intento de refundación es combatido con una ferocidad medieval.

Una élite anclada en el pasado

La historia de Colombia está marcada por una continuidad abrumadora en las estructuras de poder. Las grandes familias que hoy poseen la tierra, los bancos, los medios de comunicación y los cargos de decisión son, en muchos casos, descendientes directos de la casta blanca colonial. Ese poder, heredado del saqueo y la servidumbre, nunca fue cuestionado. Lejos de modernizarse, esta élite se aferra a una visión del mundo congelada, donde el pobre debe seguir siendo pobre, el rico debe gobernar y toda reforma es vista como una amenaza al orden natural.

Familias como los Santos, los Ardila Lülle o los Sarmiento Angulo encarnan esta aristocracia moderna, dueña de un poder económico y mediático absoluto. Estas dinastías construyeron sus imperios sobre el despojo de tierras desde la época colonial y su influencia se extiende hoy a todas las esferas institucionales.

En este contexto, términos como “justicia social”, “redistribución” o “reparación histórica” son demonizados. El miedo al pueblo, indígena, negro, mestizo, campesino, impregna las mentalidades de esta oligarquía de corbata, nostálgica de la corona española y de los tiempos en que el sirviente sabía quedarse en su lugar.

La caricatura del progresismo, “comunismo”, “castrochavismo” y otros espantapájaros

Para justificar su negativa a cualquier transformación, los dominantes reciclan hasta el hartazgo la retórica de la Guerra Fría. Toda propuesta social, ya sea sobre salud, educación o pensiones, se asocia con un complot marxista para arruinar el país.

Figuras como Álvaro Uribe, María Fernanda Cabal o Andrés Pastrana repiten estas acusaciones en cada aparición mediática. Esta caricatura grotesca no resiste el más mínimo análisis. Los países europeos llevan décadas con políticas sociales sólidas sin caer en dictaduras. En Francia, España o Noruega, el Estado garantiza derechos sociales fundamentales sin renunciar a la economía de mercado. Pero en Colombia, cualquier comparación es rechazada. Se prefiere agitar el fantasma de la Venezuela colapsada antes que considerar los éxitos de los modelos socialdemócratas. No se trata de una postura política sino de un reflejo cultural. El progreso se percibe como una amenaza porque pone en riesgo los privilegios.

El apoyo popular a sus verdugos, por qué las masas votan contra sí mismas

Ahí reside el mayor éxito de la élite colombiana, lograr que las clases populares interioricen su propia inferioridad. Mediante una educación deficiente, una prensa privada concentrada y una religión omnipresente, el poder ha inculcado el miedo al cambio.

El pueblo apoya a quienes lo dominan, porque le han dicho que cualquier alternativa sería peor. Mejor un patrón cruel que una revolución. Los discursos antiprogre se anclan en una memoria colectiva donde el orden significa supervivencia y la revuelta, caos. La servidumbre voluntaria se alimenta del sueño engañoso del ascenso individual. El pobre no lucha por su derecho, aspira a volverse rico.

Las iglesias evangélicas juegan un papel clave en esta lógica. Prometen salvación individual en vez de transformación social, culpabilizan la pobreza y demonizan la política. La clase media, por su parte, vota contra las reformas por miedo a perder lo que aún no tiene.

El papel central del aparato ideológico

La élite colombiana no solo gobierna con capital, sino con ideas. Los grandes medios como RCN, Caracol, Semana o El Tiempo repiten a diario un discurso anti Estado, anti pobre y anti sindical. Las reformas sociales son presentadas como amenazas, los movimientos populares como enemigos de la paz.

Tras los noticieros y las columnas de opinión, los tanques de pensamiento empresariales dictan los términos, los encuadres y los enemigos. Las estrategias comunicacionales más eficaces vienen de Estados Unidos, campañas de miedo por WhatsApp, fake news, youtubers de ultraderecha que polarizan a la juventud.

Una mentalidad medieval en un país ultra conectado

Esta inercia cultural contrasta violentamente con la realidad tecnológica del país. La juventud colombiana está conectada, educada, abierta al mundo. Pero el peso de las tradiciones, el conservadurismo familiar y el miedo al rechazo social bloquean la expresión política de esa modernidad.

En un país donde la pobreza se confunde con culpa moral, donde las desigualdades se justifican en nombre del mérito, la conciencia de clase está fracturada y el proyecto colectivo ausente. El individualismo impuesto por el capitalismo se alía con la herencia colonial para neutralizar toda posibilidad de revuelta.

El progreso como amenaza, el caso del gobierno Petro

La llegada al poder de Gustavo Petro reveló con brutal claridad los mecanismos de defensa de la oligarquía. Cada proyecto de reforma, laboral, sanitaria, pensional, es bloqueado por el Congreso, demonizado en los medios, saboteado desde la administración pública.

La reforma a la salud, por ejemplo, buscaba garantizar el acceso universal limitando el poder de las EPS privadas. De inmediato, los comentaristas gritaron dictadura sanitaria. La reforma laboral, que proponía contratos estables, fue presentada como una puñalada a la competitividad.

El discurso de la oposición no tiene nada de original. Denuncian el control del poder sobre las instituciones mientras usan esas mismas instituciones para impedir cualquier transformación. La contradicción no les incomoda. El pueblo, por su parte, sigue dividido, desencantado, sin herramientas de lectura.

Por qué Colombia es un caso de estudio

En un país donde el diez por ciento de la población posee más del ochenta por ciento de la tierra, donde los bancos controlan las pensiones, donde la salud es un mercado lucrativo, hablar de Estado social es una ofensa para los privilegiados. El poder se ejerce mediante el miedo, la deuda, la religión y la mentira.

Colombia es una democracia de forma, pero una feudalidad de fondo. Todo intento de cambio se enfrenta a una coalición de intereses que manipula el miedo y la ignorancia para perpetuar la injusticia. Este país es el laboratorio de una modernidad sin progreso, de un capitalismo sin derechos, de una paz sin justicia.

Conclusión, salir de la Edad Media exige una revolución mental

El cambio en Colombia no vendrá solo desde las urnas. Se requiere una verdadera insurrección cultural. Descolonizar los espíritus, romper el consenso de la sumisión, reconstruir una conciencia de clase y devolver al pueblo las herramientas para imaginar su futuro.

No basta con reemplazar a los elegidos. Hay que romper el hechizo. Porque mientras la justicia social se perciba como una amenaza y no como una promesa, Colombia seguirá siendo lo que es hoy, un país moderno gobernado por señores del pasado. Pero las nuevas generaciones, conectadas, informadas, cosmopolitas, tienen en sus manos una oportunidad histórica para romper con el peso muerto del antiguo régimen. Solo falta que se les dé el deseo y los medios para querer otro destino…

G.S.

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