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¿DE VERDAD NADIE ESCUCHA A PETRO?

Mientras La Silla Vacía afirma que un tercio del país apaga la televisión cada vez que Petro habla, los datos reales y la calle cuentan otra historia. Millones lo siguen en diferido, en redes, en celulares compartidos, en barrios sin televisión, pero con hambre de verdad. No es deserción, es resistencia. No es aburrimiento, es saturación del discurso dominante.

Este artículo destroza el relato mediático con datos, ironía y bisturí. Porque cuando un presidente habla sin pedir permiso, los medios tiemblan. Y cuando el pueblo escucha por voluntad propia, el poder entra en pánico. Aquí no hay fuga de audiencia, hay una fidelidad peligrosa. La nuestra.

DEL ABANDONO A LA FIDELIDAD

Lo dijeron. Lo escribieron. Lo repitieron sin pausa. Un tercio de la audiencia huye, aterrada, cada vez que Petro abre la boca. Pero detrás de los fríos porcentajes, se dibuja otro mundo ? uno de oyentes tenaces, conectados, hambrientos de verdad directa. Lo que los analistas de escritorio llaman deserción, otros lo entienden como lealtad. Una guerra de lenguaje. Una batalla por el sentido. Y como casi siempre, lo que importa no es lo que se dice. Es lo que se oculta. Es lo que se silencia. Es lo que se intenta borrar con cifras vacías y titulares prefabricados.

LA ACUSACIÓN

La Silla Vacía, fétiche del periodismo bien portado, lanza una cifra. Treinta y un por ciento. Una caída en picada. Un éxodo masivo. El pueblo colombiano, ese espectador supuestamente obediente, ya estaría cansado de las alocuciones presidenciales. A cada palabra de Petro, la audiencia se desplomaría. Las curvas caerían como cuerpos desde un puente. Los televidentes cambiarían de canal, de siglo, de realidad. Porque tres horas de discurso, dicen, es demasiado. Porque la política, ahora, debe venir con subtítulos, jingles y cortes comerciales.

Pero de dónde salen esos número ? De una firma de mediciones ? Kantar-Ibope. De porcentajes tomados al azar, sin contexto, sin crítica, sin geografía. Obsesionados con el descenso de la curva como si fuera un electrocardiograma moribundo. Y así, por un giro rápido de lenguaje, llega la sentencia. Habla demasiado. Aburre. Estorba. Cansa. El argumento está listo para servir, como una sopa recalentada por los opinadores de turno. El mismo menú tibio, con distinto aderezo.

LOS INVISIBLES DEL GRÁFICO

Pero si miramos de cerca, el gráfico está lleno de ausentes. Qué se mide exactamente ? El rating de los canales hertzianos ? El comportamiento de una muestra tomada en Bogotá y Medellín mientras el resto del país es tratado como tierra de nadie ? Nada sobre quienes ven en diferido. Nada sobre quienes lo siguen por plataformas digitales. Nada sobre YouTube, Facebook Live, Twitter, TikTok. Nada sobre los cortes virales, las repeticiones completas a medianoche. Nada sobre los millones de colombianos que ya no creen en los noticieros pero sí quieren escuchar un discurso directo, sin cortes, sin maquillaje.

Y lo que esas cifras no ven es la persistencia. Lo que no entra en la curva es la rabia muda que escucha en silencio. Lo que no cabe en su metodología es el hartazgo ilustrado. La atención clandestina. El acto cotidiano de conectar un celular para escuchar una voz que no habla en nombre de los bancos.

LA OTRA CIFRA QUE QUEMA

Y sin embargo, hay otro número. Una cifra rotunda, enterrada bajo toneladas de ruido. Sesenta y nueve por ciento. De colombianos que siguen escuchando al presidente. No porque no tengan nada mejor que hacer, sino porque quieren entender. No por Caracol o RCN, sino donde la palabra llega sin filtros. Sin editorialistas, sin anuncios, sin rostros crispados en estudio. Donde por fin se puede escuchar sin que te digan qué pensar. En un país en guerra narrativa permanente, esa cifra es una bofetada. Otra más. Una más que no entra en la estadística porque incomoda.

Ese dato no es un invento. Proviene de una realidad observable, visible en las redes, en los buses, en los barrios periféricos, en los pueblos sin señal de TV. Es el reflejo de un cambio en la forma de mirar y oír. La Silla sigue midiendo una televisión que ya no existe. Un público cautivo. Encadenado a un único aparato. Ese público se fue. Rompió el cordón. Salió de la caja. Literalmente.

LA MÁQUINA DE CALLAR

Detrás del artículo de La Silla hay un reflejo. El de una élite acorralada. No es una cuestión de rating. Es una cuestión de poder. Lo que no soportan no es que Petro hable. Es que lo haga sin ellos. Sin pedir permiso. Sin sus códigos. Sin su lenguaje. Lo quieren callado. O ridículo. O decorativo. Quieren elegir sus palabras, su horario, su duración. Y cuando habla por fuera del protocolo, lo acusan. De abuso. De autoritarismo. De populismo. Los tres insultos favoritos de los mediocres. Y lo repiten como si fueran letanías. Como si gritarlo muchas veces convirtiera una mentira en verdad.

Pero hagamos la pregunta prohibida. De qué está hablando realmente ?

Porque sí, habla. Mucho, tal vez. Largo, seguro. Pero habla de salud. De paz. De dignidad. De agua. De impuestos. De vivienda. De memoria. De verdad. De una Colombia que nunca aparece en pantalla. Habla de quienes nunca tuvieron voz. Y que de pronto, se descubren escuchados. Por eso duele. Por eso molesta. Porque interrumpe el flujo anestesiado de lo previsible.

LA FORMA VS EL FONDO

Sí, se extiende. Sí, divaga. Sí, a veces se pierde. Pero no es un show. No es un producto. Es un presidente intentando pensar en voz alta. Construyendo un discurso, no para complacer accionistas, sino para movilizar al pueblo. Petro no es un orador perfecto. Es un orador crudo. Y eso es justo lo que le reprochan. Que siga siendo humano en un mundo de técnicos robotizados. En una escena donde todo está escrito de antemano, él aún duda. Tropieza. Vuelve. Eso es intolerable para quienes exigen eficiencia sin alma.

Lo que se espera, al parecer, es un presidente que no diga nada. Que firme. Que sonría. Que envíe decretos por correo. Pero cuando habla. Cuando explica. Cuando intenta unir los puntos. Entonces sí. Escándalo. Invasión mediática. Dictadura por fatiga. Como si la saturación informativa viniera de él y no de los treinta años de propaganda repetida.

LA AUDIENCIA FANTASMA

La Silla asegura que la audiencia se cae. Que el pueblo se aburre. Pero mira en la dirección equivocada. Mientras cuentan puntos en los canales privados, el pueblo mira hacia otro lado. Descarga. Comparte. Reacciona. Convierte cada palabra en clip. Se adueña del mensaje. La alocución ya no es un evento. Es un flujo. Un organismo. Un archivo vivo. El presidente habla y la sociedad responde. No en tiempo real, sino en su propio ritmo. En los patios. En los celulares. En las voces que repiten fragmentos mientras cocinan. Esa forma de escucha no tiene rating. Pero existe. Y pesa.

Ese ritmo, claro, les resulta incomprensible a los barones del viejo orden. No entra en sus informes. No se puede monetizar. Es una anomalía. Y como no lo pueden medir, fingen que no está. Lo excluyen. Como se excluye lo vivo en los cementerios de Excel.

LA MENTIRA DE LA NEUTRALIDAD

No hay una sola línea neutral en ese texto. Todo está construido. Cada adjetivo. Cada omisión. Cada pausa. Es un texto que transpira exasperación. Frustración. Desprecio disfrazado de análisis. No es una lectura. Es un grito elegante. Una queja disfrazada de métrica. Contra un presidente que no sigue el guion. Que no cena con los dueños. Que rompe la mesa. Que dice lo que no se debe decir. Y al decirlo, rompe la pantalla. La convierte en espejo.

EL FRACASO DE UN ENCUADRE

Quieren hacernos creer que el país no quiere escuchar. Que está harto. Que prefiere el fútbol, las novelas, los anuncios. Pero a pesar del ruido. A pesar del caos. Algo persiste. La gente escucha. Más que antes. Porque intuye que esa voz no fue hecha para ellos. Fue hecha desde ellos. Y en su vibración rota, se escucha un país que está intentando levantarse. Con rabia. Con miedo. Pero también con claridad. Porque incluso un discurso torpe puede ser más honesto que mil silencios bien calibrados.

LA PREGUNTA QUE QUEMA

Petro habla. Sí. Pero a quién preferimos ? Al que habla mucho o al que no dice nada ? Al tecnócrata mudo ? Al ilusionista de frases hechas ? O al que nombra, expone, se arriesga ? El silencio es cómodo. Pero también es cómplice. La palabra, incluso imperfecta, a veces es la única trinchera ante la mentira institucional. El hablador sincero contra el calculador callado. Hay que elegir. Y esa elección lo revela todo. Como un espejo que nadie quiere mirar de frente.

SÍNTOMA DE UNA DERROTA

Ese artículo no es una denuncia. Es una confesión. Un gesto de derrota. Un intento fallido por explicar un pueblo que ya no entienden. No logran imponer su versión. Entonces dicen que nadie escucha. Pero los datos los contradicen. La calle los contradice. El silencio tenso de sus antiguos aliados los contradice.

La palabra de Petro nunca fue perfecta. Nunca fue pálida. Pero existe. Insiste. Molesta. Irrumpe. Se filtra. Abre puertas que otros querían sellar. Interrumpe el consenso. Lo vuelve a discutir. Lo desarma. Lo humaniza. Y eso, para el poder, es lo más peligroso de todo.

Ese es el problema. El pueblo puede que ya no mire la tele. Pero todavía escucha. Y esa escucha no se puede medir. Ni controlar. Ni extinguir. Porque está viva. Terca. Y peligrosamente consciente…

G.S.

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2 Comments

  1. Lindos artículos, sobre Iván Cepeda y sobre los datos fallidos de la silla vacía. Me gustaron enormes, contundentes, valiosos, sencillos y directos, para todos y todas. Muchas gracias. Sigan por favor en la tarea de reconstrucción de nuestro país.

    1. Gracias por leer y por tu mensaje generoso. Lo que intento con el texto sobre Iván Cepeda y con la corrección de los datos de La Silla Vacía es simple y exigente. Hechos verificables, lenguaje claro, trazabilidad pública. Publico para que cualquiera pueda auditar lo que afirmo y, cuando corresponde, corrijo sin orgullo. La reconstrucción del país no es un eslogan, es un trabajo paciente que empieza por nombrar lo que otros callan, por cotejar documentos y por devolver a la ciudadanía el derecho a comprender. Si ves vacíos o si tienes insumos, envíalos por interno. Actas, fallos, contratos, cifras. Todo suma. Comparte el artículo con quienes dudan, abre la discusión en tus espacios, exige respuestas de quienes deben darlas. Aquí sigo, con rigor y sin maquillaje, espalda con espalda con lectoras y lectores que no se resignan.

      G.S.

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