Gaza: Borrar la prueba matar al periodista
Un hospital no es un blanco inevitable, es un límite moral. El 25 de agosto, Nasser, Jan Yunis, sur de Gaza. Una primera explosión corta la transmisión en directo, una segunda remata a quienes corren a socorrer. Entre las víctimas, cinco periodistas, quizá seis, según fuentes que difieren por horas y por cadáveres aún sin identificar. No es un accidente, no es un error aislado, es un patrón. La guerra contra la prensa ha convertido a Gaza en el conflicto más mortífero registrado para periodistas. Las cifras lo dicen, el derecho lo prohíbe, la realidad insiste.
“Recordar, del latín re cordis, volver a pasar por el corazón.” Eduardo Galeano
Un récord oscuro, sin matices
Desde octubre de 2023, Gaza pulverizó todas las métricas conocidas para medir la muerte de periodistas. En 2024, el Comité para la Protección de los Periodistas registró el año más letal desde que existen sus estadísticas. Casi siete de cada diez muertes de periodistas se produjeron por fuego israelí. La curva no se aplanó en 2025, se volvió hábito. Un instituto académico con metodología transparente, el Cost of War de Brown, lo formuló sin metáforas complacientes, peor que todas las guerras modernas para la prensa, un cementerio de noticias. No hablo de interpretaciones, hablo de promedios mensuales, de listas con nombre y fecha, de fichas mortuorias que se actualizan con una cadencia obscena.
Los números varían según la fuente y el corte temporal. La variación no diluye la verdad de fondo, la refuerza. CPJ y RSF mantienen recuentos prudentes, los sindicatos locales aportan listados más amplios, la ONU consolida con distancia. En todos los casos, Gaza aparece como el peor escenario documentado. Si la estadística fuese un paisaje, aquí sólo hay ruinas.
No me interesa el consuelo barato de que en Irak, en su acumulado de décadas, murieron más periodistas en términos absolutos. El punto no es ese. El punto es la densidad letal, la concentración temporal. En Gaza, mueren en meses lo que otros conflictos repartieron a lo largo de años. Trece por mes, un ritmo que no admite eufemismos.
Nasser, 25 de agosto, la secuencia
No hubo niebla de guerra, hubo una transmisión. En el cuarto superior del hospital Nasser, en Jan Yunis, un puesto de streaming operado por un contratista de una agencia internacional. La primera explosión corta la señal. Luego, cuando suben los paramédicos y suben los colegas y sube la adrenalina, cae la segunda. No sólo están muertos, están encuadrados. La imagen que no pudo salir seguirá circulando sin archivo, apenas como relato.
Los nombres importan, aunque duelan. Hussam al Masri, contratista de video, muere en el primer impacto. Moaz Abu Taha, reportero freelance que colaboró con varias redacciones, muere en la segunda oleada. Mariam Abu Dagga, periodista colaboradora de agencias internacionales, también cae. Mohammed Salama, vinculado a una cadena árabe con base en Doha, no regresa. Ahmed Abu Aziz, periodista local, se suma a la lista que crece. El fotógrafo Hatem Khaled sobrevive herido. Horas después, en Mawasi, balas disparadas hacia un campamento matan a Hassan Dohan, periodista local. La cifra preliminar se mueve entre cinco y seis, según el momento en que uno mira, según quién certifica, según qué cuerpo logra recuperar su nombre.
La versión oficial admite el golpe sobre el área del hospital y promete una investigación. Llega siempre con las mismas palabras, se repite con la frialdad de una plantilla. No apuntamos a periodistas, lamentamos el daño colateral, abrimos una indagación. Mientras tanto, la rueda no se detiene.
Un modus operandi repetido, hasta la náusea
No son episodios aislados. Hay vehículos marcados prensa que terminan calcinados. Hay chasquidos de dron sobre una azotea donde se ven cascos con siglas. Hay viviendas familiares destruidas con la misma precisión con que una señal de teléfono se triangula. Hay tiendas improvisadas con lonas blancas, hay chalecos con letras negras. Hay doble golpe, golpe inicial y golpe sobre el rescate. Hay detenciones, interrogatorios y humillaciones que no dejan moretones duraderos pero dejan un miedo útil. Hay un bloqueo informativo que impide la entrada libre de corresponsales extranjeros y reduce la guerra a la mirada de quienes habitan la zona y pagan el precio entero. Su trabajo sostiene el sistema mediático del mundo, pero sus vidas no cotizan.
Yo leo los partes, cruzo los datos, marco patrones. Donde hay transmisión en directo, hay riesgo agregado. Donde hay acumulación de periodistas, la aritmética se vuelve fatal. Casi siempre alguien estaba a dos metros del lugar exacto por donde entró el proyectil. Casi siempre el audio registra primero un zumbido y luego un silencio largo. El método se reconoce por repetición.
El derecho no es retórica, es obligación
Los periodistas son civiles. El Protocolo Adicional I a las Convenciones de Ginebra lo dice con claridad literal. El artículo 79 no admite ambigüedades, protección específica a quienes cubren conflictos, siempre que no participen directamente en hostilidades. El Consejo de Seguridad, en su resolución 2222, insistió en lo mismo, pidió medidas, exigió informes, pidió cuentas.
Cuando un ejército golpea un hospital, golpea una categoría protegida. Cuando además mata periodistas en ese espacio, ataca a civiles amparados por una protección doble. No hay metáfora jurídica que convierta una transmisión en un puesto de mando. No hay nota al pie que reemplace la obligación de distinción, proporcionalidad, precaución. Si hay dudas operativas, debe haber contención, no descarga. Si hay targeteos precisos, debe haber evidencia pública, no comunicados de plantilla.
Los nombres y las vidas
No son cifras, son biografías truncadas. Hussam al Masri trabajaba en una posición de emisión. Su tarea consistía en sostener una ventana para que el mundo mirara, una cámara fija, un ángulo escolar. Moaz Abu Taha enlazaba con varias redacciones, oficio de freelance que navega entre encargos cortos y riesgos largos, a veces pagados tarde, casi nunca seguros. Mariam Abu Dagga había cubierto historias mínimas de hambre y de salas de espera, testigos pequeños de un desastre grande. Mohammed Salama, voz y mirada de crónica diaria, oficio de contar mientras el suelo tiembla. Ahmed Abu Aziz, uno más en la cadena invisible de reporteros locales que sostienen la realidad con un cable de datos. Hatem Khaled, herido, nos recuerda que hoy se sobrevive, mañana se vuelve a subir.
Me niego a despersonalizar. Cada nombre encarna la derrota de un pacto civilizatorio mínimo. No hay épica, hay rutina de muerte. Quien haya trabajado una vez en esas condiciones entiende lo elemental, cómo pesa el casco, cómo se nubla la vista tras una explosión, cómo la decisión de seguir grabando se toma en un segundo y se paga con décadas.
La economía moral del silencio
¿Por qué matar al periodista. Porque desarma al testigo. Porque apaga la cámara y borra el registro. Porque una imagen que no existe no contradice ningún comunicado. Hay otro incentivo, más degradado, el castigo ejemplar. Si matas a quien transmite, miles apagan sus celulares a la siguiente sirena. La censura por saturación de miedo es más eficaz que cualquier decreto.
La ofensiva contra la prensa no se reduce al misil. Es una constelación. Bloqueos de internet, cortes de electricidad, destrucción de sedes de medios, confiscación de equipos, doxing, campañas de difamación que acusan a reporteros de pertenecer a grupos armados, arrestos administrativos. El resultado final es un desierto informativo que el Cost of War llamó cementerio de noticias. Cuando no hay testigos, todo cabe en el relato del más fuerte.
Lo que exijo, sin matices ni concesiones
No me interesa la prudencia vacía, me interesa la precisión y la consecuencia. Exijo una investigación internacional independiente sobre el ataque al hospital Nasser y sobre el patrón sistemático de ataques a la prensa en Gaza. Exijo un mecanismo de investigación con acceso sin escoltas militares y con mandato para preservar evidencia, recuperar metadatos, solicitar registros de vuelo y de drones, obtener órdenes operativas y reglas de enfrentamiento. Exijo que se active la jurisdicción penal internacional cuando corresponda, que se citen comandantes, que se repare a las familias, que se nombre a los responsables por su rango y por su firma.
Pido sanciones concretas cuando existan unidades con patrones acreditados de violaciones contra periodistas, suspensión de transferencias de armas, desclasificación de asistencia técnica, transparencia sobre proveedores de software de vigilancia usados contra reporteros. Pido a los Estados que financian libertad de prensa en foros internacionales que abandonen la hipocresía y condicionen sus relaciones a hechos verificables. Y pido a las redacciones que contratan trabajo local que apliquen su obligación moral y contractual, equipos de protección, seguros reales, pagos dignos, acompañamiento psicológico para sobrevivientes.
Método y verificación, cómo trabajo
Yo no publico con humo. Cruzo fuentes y registro incertidumbres. Mi tabla maestra para este artículo parte de tres columnas principales, CPJ, RSF, ONU. Para cada caso, identifico nombre, medio, fecha, lugar, condición laboral, evidencias de marcaje como prensa, tipo de arma probable, naturaleza del objetivo principal, existencia de doble golpe, estado de cualquier investigación. Si no hay al menos dos confirmaciones independientes, marco el dato como preliminar. Si la cifra difiere por horas, pienso en frigoríficos saturados y en teléfonos apagados, no en conspiraciones numéricas.
El episodio de Nasser lo firmo como preliminar en su conteo exacto. Las fuentes internacionales hablan de cinco periodistas muertos en el hospital, otras cuentan seis en el mismo día, añadiendo a un reportero abatido en un segundo lugar. No manipulo la cifra, explico la diferencia. Cuando CPJ publique sus fichas individuales, actualizaré. Así se hace periodismo cuando el paisaje es móvil, nombrando la duda, sin estetizarla.
Historia, memoria, futuro inmediato
Gaza será estudio de caso durante décadas. Será el capítulo donde se abandonó cualquier pretensión de inmunidad profesional para quien reporta. Será el ejemplo de cómo un ejército con superioridad tecnológica y respaldo diplomático pudo asesinar periodistas con una frecuencia que normalizó la barbarie. Me niego a la normalidad. Me niego a aceptar que cubrir un hospital sea equivalente a cubrir un polígono de tiro.
No desvío la mirada de los demás países donde matar periodistas es rutina, México, Pakistán, Sudán, Myanmar, Haití. No excuso a nadie. Pero tampoco divido la atención para aminorar la gravedad de Gaza. La memoria no funciona restando, funciona sumando. Aquí la suma excede el umbral de la estadística y entra en el territorio del crimen.
Para cerrar
He escrito con frialdad, lo sé. La frialdad es una forma de respeto cuando las cifras se vuelven insoportables. No me doy permiso para la venganza, me doy permiso para la exactitud. A la familia de cada periodista asesinado en Gaza, les debo un nombre escrito sin error. A los responsables, les debo un procedimiento que no los absuelva.
“Si comprender es imposible, conocer es necesario, porque lo sucedido puede volver a suceder.” – Primo Levi, Trilogía de Auschwitz –
Glosario mínimo y marco jurídico
- Periodista civil: derecho de protección específica, artículo 79 del Protocolo Adicional I, categoría protegida.
- Resolución 2222 del Consejo de Seguridad: obligaciones de los Estados y de las partes en conflicto para proteger a periodistas y personal asociado, deber de investigar con celeridad, deber de rendir cuentas.
- Distinción, proporcionalidad, precaución: los tres pilares de la conducción de hostilidades.
- Hospital: objetivo especialmente protegido, prohibición de ataques salvo pérdida de protección por uso indebido, que debe acreditarse con evidencia pública.
- Doble golpe: práctica consistente en atacar un objetivo y rematar a quienes auxilian, incompatible con el principio de humanidad.
Anexo vivo, primeros registros del 25 de agosto
Estado de verificación: en curso, a la espera de fichas individuales de CPJ y consolidación de RSF y ONU.
Nasser, Jan Yunis, hospital, dos impactos, transmisión interrumpida.
Muertos identificados entre la prensa:
Hussam al Masri, contratista de video, posición de streaming;
Moaz Abu Taha, reportero independiente, colaborador ocasional de agencias internacionales;
Mariam Abu Dagga, colaboradora de agencia internacional;
Mohammed Salama, reportero vinculado a cadena árabe;
Ahmed Abu Aziz, periodista local.
Hatem Khaled, (Herido) fotógrafo.
En Mawasi, el mismo día, muere Hassan Dohan por disparos hacia un campamento cercano.
Cifra total preliminar del día: seis periodistas.
Para compartir y para actuar
Si llegaste hasta aquí, no te pido fe, te pido método. Difunde el texto, descarga el anexo cuando esté publicado, discútelo con quien dude, exige a tus representantes públicos que protejan a la prensa sin dobles raseros. En un mundo sobredeterminado por algoritmos, el periodismo todavía es una trinchera humana. Si calla, triunfa el verdugo…
G.S.