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UN PEÓN MENOS, UNA MAFIA MÁS

Cuando un cadáver se convierte en campaña, el poder huele a formol. Miguel Uribe Turbay ya no respira, pero su figura inflada circula por los noticieros como si fuera un mártir. No lo fue. No lo será. Y sin embargo, hay velas, discursos, promesas, acusaciones. Hay duelo sin duelo. Y sobre todo, hay miedo. Porque nadie quiere decir la verdad. Nadie quiere tocar el fondo podrido del ajedrez colombiano.

UNA MUERTE INCÓMODA

El asesinato de Miguel Uribe Turbay el 14 de agosto estremeció las pantallas y las redes. Pero más allá del escándalo inicial, poco se ha dicho sobre el entorno real de la víctima. Nadie ha explicado por qué una figura tan protegida fue blanco de un ataque armado en plena vía pública. Nadie ha investigado a fondo las conexiones familiares con los círculos de poder, ni los negocios turbios que tejieron su apellido. Su muerte, lejos de ser un misterio aislado, parece encajar en un patrón mucho más grande. Un patrón de silencio, de alianzas mafiosas, de pactos entre políticos, narcos y empresarios.

UNA FAMILIA INTOCABLE

Miguel Uribe Turbay no era cualquier senador. Era el hijo de Miguel Uribe Londoño y nieto de Julio César Turbay, expresidente y exembajador, recordado por su represión brutal contra los movimientos sociales. Su linaje lo blindaba. Lo hacía “elegible” por defecto. Pero también lo arrastraba. Porque en Colombia, la sangre pesa. Y la suya estaba teñida de esmeraldas.

Desde hace años, periodistas de investigación han señalado vínculos entre Uribe Londoño y grupos de poder ligados al negocio de las esmeraldas. No es un secreto. Es apenas un susurro constante en los pasillos del Capitolio. Una cercanía peligrosa con clanes como los Rocha o los Rodríguez, donde política y minería ilegal se cruzan con facilidad.

EL COMUNICADO QUE NO SE MOSTRÓ

Días después del asesinato, el ELN publicó un comunicado en su revista Insurrección. Lo que los medios decidieron destacar fue el desmentido directo a Petro. Antonio García, comandante del grupo, negó toda implicación del ELN en el crimen. Hasta ahí, los titulares hicieron eco. Pero hubo un párrafo final. Silenciado. Omitido. Censurado.

Ese fragmento sugería que el verdadero móvil del asesinato podría tener raíces familiares. Más concretamente, en los supuestos líos del padre de Miguel Uribe con los esmeralderos. Una vendetta privada. Una venganza ancestral. No política. No ideológica. Mafiosa.

Antonio García escribió que el joven senador cayó víctima de los enredos peligrosos de su propio padre. Una afirmación gravísima, que abriría otra línea de investigación. Pero los medios tradicionales la enterraron. Le dieron voz al criminal solo cuando atacaba a Petro. Cuando acusó al papá del difunto, se callaron.

DUBÁI Y LA NUEVA JUNTA DEL NARCO

La historia se complica. Mucho antes del asesinato, en febrero, Petro alertó públicamente sobre la existencia de una “nueva junta del narco” instalada en Dubái. Mencionó a Julio Lozano Pirateque (alias Patricia), un esmeraldero que purgó cárcel en EE. UU. y que ahora viviría en un lujoso exilio árabe. Según el presidente, esta figura estaría detrás de varios asesinatos recientes de esmeralderos en Bogotá, y podría incluso haber intentado atentar contra su vida.

Poco después del crimen de Uribe Turbay, se supo que la Dirección Nacional de Inteligencia (DNI) mantuvo reuniones secretas en Dubái con este mismo personaje. El gobierno buscaba información sobre esta red mafiosa transnacional. Y según fuentes de inteligencia, un informante de la junta habría ayudado a incautar armas de guerra en Boyacá. Las autoridades investigan si estas armas podrían estar relacionadas con el asesinato del senador.

¿UN CASO O UN SÍMBOLO?

Nada de esto es prueba definitiva. Pero el encadenamiento de hechos y silencios revela algo más profundo. No estamos ante un crimen político. Estamos ante un reacomodo interno del crimen. Un reordenamiento mafioso donde los peones sobran, y las cámaras solo enfocan lo conveniente.

¿Dónde está la Fiscalía? ¿Dónde están los periodistas? ¿Dónde está la verdad?

Mientras se especula con la autoría del asesinato, el uribismo mueve fichas. Ya se habla de que el padre del difunto podría ser su sucesor político. Un cadáver caliente, un apellido reciclado, una candidatura de reemplazo. Así funciona Colombia.

NARRATIVA ENVENENADA

En las redes, la derecha acusa a Petro de haber instigado el crimen. Citan discursos, tuits, frases sacadas de contexto. Olvidan que el presidente nunca acusó directamente al ELN. Habló de “líneas de investigación”. Pero eso no importa. Lo que importa es sembrar la duda. Vincular a Petro con el asesinato. Convertir el dolor en herramienta electoral.

Juan Manuel Galán, hijo del asesinado Luis Carlos Galán, pidió moderar el discurso. Exigió que Petro se calle. Que no denuncie. Que no incomode. El viejo reflejo colombiano: silenciar al que señala.

UNA JUNTA EN LAS SOMBRAS (ESMERALDEROS, DUBÁI Y SILENCIOS CÓMPLICES)

Lo que esta muerte revela no es solo la fragilidad de un Estado, sino su complicidad activa. Mientras los medios manipulan, el crimen se reorganiza. Las estructuras de poder se reconfiguran. Y detrás de todo, los de siempre: apellidos blindados, fortunas inconfesables, y un pueblo condenado a no saber nunca quién dispara.

Esto no es un caso. Es un síntoma. Y como todo síntoma en Colombia, terminará enterrado bajo una alfombra de homenajes, comunicados incompletos y precandidaturas recicladas.

Ya nadie recuerda a los agresores. Solo al mártir de plástico…

G.S.

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