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URIBE SIN BOZAL, EL HOMBRE QUE LA JUSTICIA FINGE CALLAR PERO COLOMBIA SIGUE ESCUCHANDO

Nota del autor

El 10 de agosto publiqué un artículo afirmando que, tras su arresto domiciliario, Álvaro Uribe quedaría por fin reducido al silencio. Partí de una premisa lógica, un expresidente sancionado, con graves cargos judiciales, no debería tener acceso a las redes para seguir manipulando la opinión pública. Pero en Colombia, la lógica no siempre aplica. Y mucho menos para Uribe.

Lo cierto es que sigue comunicando a diario desde su finca y con plena impunidad. El artículo anterior fue, por tanto, impreciso. Indujo en error y por esa razón he decidido retirarlo.

Agradezco profundamente a quienes me lo señalaron con rigor y honestidad. Este nuevo artículo nace de esa corrección necesaria, y de una indignación aún más profunda, la de ver cómo un país pretende castigar sin incomodar, sancionar sin callar, condenar sin romper con su pasado.

G.S.

Mientras el país celebraba su aparente “silencio”, Álvaro Uribe seguía tuiteando desde la comodidad de su finca. El expresidente más tóxico de Colombia conserva intacto su megáfono, burlando no solo a la justicia, sino a toda una sociedad enferma de su voz.

URIBE SIN BOZAL, EL HOMBRE QUE LA JUSTICIA FINGE CALLAR PERO COLOMBIA SIGUE ESCUCHANDO

Mientras el país celebraba su aparente “silencio”, Álvaro Uribe seguía tuiteando desde la comodidad de su finca. El expresidente más tóxico de Colombia conserva intacto su megáfono, burlando no solo a la justicia, sino a toda una sociedad enferma de su voz.

EL SIMULACRO DEL SILENCIO

La noticia circuló como una forma de alivio nacional, Uribe bajo arresto domiciliario, como tituló el portal Infobae el 7 de agosto, “Uribe, incomunicado desde su finca”, mientras en redes se leían comentarios como “por fin lo callaron”. Sin celular, sin redes, sin posibilidad de contaminar el espacio público. Por fin, una grieta en el blindaje. Por fin, una tregua simbólica en la guerra semántica que llevamos perdiendo dos décadas. Pero todo era mentira. Uribe nunca se calló. Nunca le quitaron el aparato. Nunca apagaron la máquina.

Sigue allí. Tuiteando, compartiendo videos, desinformando, atacando. Y lo peor, sigue siendo amplificado por medios obedientes, periodistas serviles, columnistas convertidos en caja de resonancia. El castigo judicial fue teatro. El silencio fue farsa.

Eso no significa que el fallo judicial carezca de todo valor. En un país donde jamás se había tocado judicialmente a un expresidente, el hecho de que Uribe esté en detención domiciliaria marca un precedente. La jueza que tomó esa decisión lo hizo bajo una presión institucional enorme, y su fallo ha sido reconocido y valorado por las víctimas, por sus abogados, y por sectores comprometidos con los derechos humanos. No es un gesto menor. Es, sin duda, un paso adelante en un país con memoria herida. Pero un paso no es el camino. Y esa distancia entre el símbolo y la transformación real es justo lo que este artículo busca señalar. Y nosotros, los ingenuos, lo celebramos. Incluso algunos medios llegaron a titular con frases como “Uribe desconectado por fin”, celebrando una ficción que él mismo se encargó de desmentir con sus publicaciones.

UN PODER QUE NO NECESITA MANOS

Incluso si no tocara la pantalla, Uribe seguiría hablando. Su red está construida para eso, replicar, atacar, sugerir, filtrar, infectar. Tiene operadores. Tiene cuentas alternas. Tiene un ecosistema entero dedicado a sostener el mito de su omnipresencia.

Ya no necesita escribir. Le basta una señal, una frase, un gesto. Lo demás lo hacen otros. La idea de que un tribunal podría silenciarlo quitándole un celular es casi tierna. El uribismo no es una cuenta de Twitter. Es una enfermedad contagiosa que se transmite por contacto social, por miedo, por odio compartido. Basta ver cómo, en las últimas semanas, su cuenta ha publicado más de veinte mensajes en tono de campaña, coordinados con sus voceros de siempre.

LA COMPLICIDAD DE UN SISTEMA JUDICIAL DOMESTICADO

¿Cómo llegamos a este punto? ¿Cómo un hombre acusado de delitos tan graves sigue dictando la agenda desde su finca? La respuesta es simple, el sistema judicial colombiano no está diseñado para sancionar a sus amos. Solo para entretener a sus esclavos.

La Fiscalía ha sido su escudo. Basta recordar cómo el entonces fiscal Francisco Barbosa archivó sin justificación pública varias investigaciones contra Uribe, incluyendo el caso por manipulación de testigos, desestimado pese a pruebas sustanciales presentadas por la Corte Suprema en 2020. La Corte lo trata con guantes de seda. Y cuando por fin una medida parece firme, se aplica a medias, se debilita en la práctica, se diluye en la rutina. Es la justicia como decorado, un simulacro institucional que finge actuar mientras lo protege.

EL PELIGRO DE UN ESPECTRO CON VOZ

Uribe no es un líder político. Es un espectro. Un espectro digital que aparece cada mañana con un nuevo mensaje, una nueva mentira. El 9 de agosto, por ejemplo, publicó desde su cuenta un mensaje acusando al gobierno de Petro de haber “entregado el país a las disidencias y a Maduro”, acompañado de una imagen de archivo manipulada. Es ese tipo de espectro, el que no necesita cuerpo porque ya ha contaminado el lenguaje. Una presencia viral que ocupa cada vacío emocional del país. Mientras siga hablando, Colombia seguirá enferma. Su narrativa ha penetrado las escuelas, las iglesias, las comisarías, los chats familiares. No hay vacuna contra eso.

El peligro no es solo lo que dice, sino la forma en que lo dice. La contundencia emocional, la mezcla de victimismo y agresión, el dominio del ritmo digital. Cada trino es una bala. Cada video, una granada de fragmentación moral. El 5 de agosto, publicó un video atacando la reforma de salud con cifras falsas. Fue compartido 2,4 millones de veces en menos de 24 horas. El espectro está vivo.

EL MITO DE LA JUSTICIA NEUTRAL

El caso Uribe destruye una vez más el mito de la justicia como árbitro imparcial. No lo es. No puede serlo. En Colombia, la justicia ha sido domesticada, amaestrada, convertida en instrumento de gestión simbólica.

El arresto domiciliario sin consecuencias reales es el ejemplo perfecto, un castigo sin castigo, un gesto sin efecto. Se dictó una sanción como quien lanza un perfume en un cuarto lleno de humo, no cambia nada, solo disimula.

LO QUE ESTÁ EN JUEGO

Cada día que Uribe sigue hablando es un día perdido para el porvenir democrático de Colombia. El 6 de agosto, tras publicar un hilo acusando falsamente al gobierno de financiar guerrillas extranjeras, varios noticieros reprodujeron sus declaraciones sin verificación, lo que generó una ola de desinformación que terminó marcando la agenda del día. Así opera su influencia, no necesita ser verdad, solo necesita ser repetido.

No se trata de censura. Se trata de responsabilidad. Nadie que haya manipulado testigos, intimidado jueces, glorificado a paramilitares y manipulado el dolor de las víctimas merece un altavoz en la esfera pública.

Pero allí está. Publicando. Incendiando. Organizando. Hablando con la voz de veinte cuentas. Y lo más triste, todavía hay millones que lo escuchan. Que lo repiten. Que lo defienden como si fueran ellos los acusados. Porque ese fue siempre su talento, convertir el miedo en fidelidad. El trauma en identidad. Lo vimos con claridad cuando usó su cuenta para insinuar que Petro busca instaurar una dictadura. Esa mentira, repetida en radios y noticieros, reactivó el miedo colectivo como si nada hubiera pasado.

CONCLUSIÓN

Mientras su cuenta siga activa, su castigo es una farsa. Mientras sus palabras circulen, su legado sigue funcionando. Mientras su nombre dicte miedo, la transición no ha comenzado.

Uribe sin bozal es el retrato perfecto de un país que aún no se atreve a cerrar la puerta del pasado. Que juega a castigarlo mientras lo reproduce. Que dice basta mientras sigue obedeciendo.

Y así, una vez más, la enfermedad gana. Pero esta vez, sabemos su nombre. Y eso, quizás, ya sea el inicio de la cura…

G.S.

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