Jaime Garzón: el legado imposible
Veintiséis años después de su asesinato, Jaime Garzón sigue acechando a Colombia
Como un fantasma obstinado, regresa en las frases de quienes fingen admirarlo pero no han retenido nada de lo que dijo. Su humor, su lucidez, su ternura cínica, todo se ha disuelto en un país que prefiere olvidar antes que mirarse en el espejo.
Un recuerdo personal
No era un edificio anónimo. Era una gran casa colonial en el barrio de La Candelaria, dividida en varios pequeños apartamentos, con un patio interior donde el tiempo parecía detenerse. En pleno corazón del centro histórico de Bogotá, ese patio se llenaba de una luz cálida y oblicua de final de tarde, deslizándose por las paredes encaladas. El aire vibraba con el aroma de madera antigua calentada por el sol y la humedad tras la lluvia, ese olor denso y familiar de las calles andinas, aún impregnadas del alma bohemia y popular que tenía entonces el barrio. En el centro, una pequeña fuente dejaba escapar un murmullo constante, mezclándose con los ecos apagados de pasos y los susurros lejanos del barrio.
Allí, en ese patio, me encontraba a menudo con Jaime. A veces aparecía de repente, con una carpeta bajo el brazo y la mirada apurada, pero siempre se detenía. Una palabra, una sonrisa, luego un comentario que te hacía estallar de risa y al mismo tiempo te dejaba pensativo. Venía a ver a su novia, instalada en uno de esos apartamentos que daban al patio, y nuestras charlas, siempre improvisadas, oscilaban entre la broma y el análisis político más incisivo.
Curiosamente, había otro patio en nuestra historia común: el restaurante El Patio en la Macarena, que él apreciaba especialmente. Siempre en la misma mesa, de espaldas a la pared, observaba las entradas y salidas como un general que inspecciona un campo de batalla. Entre bromas, captaba las historias antes incluso de que fueran contadas. Un día me dijo sonriendo: “Aquí, todos interpretan un papel. Pero algunos han olvidado que no están en el escenario”. Dos patios, dos lugares diferentes, y sin embargo la misma sensación: cada espacio se convertía, con él, en un teatro donde se representaba la verdad.
Lo que dejó
Garzón usaba la absurdidad como un bisturí. En sus personajes (Heriberto de la Calle, el entrevistador callejero aparentemente ingenuo pero implacable) tendía trampas a los poderosos, obligándolos a revelar su arrogancia o su hipocresía. En un programa le dijo a un político: “Usted habla como si fuera dueño del país, pero el país nunca lo eligió como dueño”. Ese tipo de frase quedaba en la memoria colectiva, como una bofetada dada en directo.
Explicaba los mecanismos complejos de la política, no para simplificarlos, sino para dar a la gente las herramientas para comprender y juzgar por sí mismos. Era educación popular disfrazada de humor. Su herencia más valiosa fue demostrar que la sátira, bien construida, podía ser un mecanismo de control social más potente que cualquier discurso parlamentario.
Lo que Colombia aún no ha aprendido
Reírse de uno mismo para desactivar el poder de los corruptos. Escuchar a quienes incomodan en lugar de silenciarlos. Comprender que el diálogo es la única salida para un país fracturado por la violencia. Estas lecciones siguen siendo ajenas para gran parte de la clase política, que prefiere la autocelebración a la autocrítica. Se tolera el homenaje anual, pero se rechaza la crítica viva.
Lo que ha cambiado y lo que no
Sí, todavía existen algunas voces insolentes (periodistas, humoristas, activistas) pero están aisladas y son vulnerables. Los medios dominantes, a menudo vinculados a grandes grupos económicos, han elegido la comodidad de la sumisión. Las amenazas siguen ahí, a veces más sutiles, a menudo más violentas. Los mecanismos son los mismos: estigmatización, aislamiento, intimidaciones judiciales, luego silencio impuesto. Los asesinos de ayer han cambiado de rostro, pero no de métodos.
Un ejemplo reciente lo confirma: el acoso judicial y mediático contra periodistas que investigan la corrupción en la contratación pública o los vínculos de políticos con el narcotráfico. Las campañas de desprestigio, la presión económica y las demandas estratégicas para silenciar a las voces incómodas siguen el mismo guion que habría enfrentado Garzón hoy.
¿Legado o reliquia?
Si Jaime viviera hoy, sería aún más peligroso para los poderosos, por lo tanto, aún más amenazado. Su legado no es una reliquia para depositar frente a una cámara el 13 de agosto. Es un arma que hay que empuñar, aunque uno corra el riesgo de quemarse las manos. Colombia sigue pronunciando su nombre, pero aparta la mirada en cuanto se trata de aplicar lo que él enseñó.
Posdata personal Conservo de él la imagen de un hombre capaz de transformar una conversación banal en un acto político. En esos dos patios (el de la casa y el del restaurante) no era solo un humorista o un mediador. Era un espejo, a veces cruel, a menudo tierno, que devolvía a cada uno la verdad que se negaba a ver. Ese poder le falta gravemente a Colombia. Y quizá por eso su fantasma nunca se irá…
G.S.