Gaza: el periodismo en la mira
La persecución sistemática de los reporteros por parte del aparato de seguridad israelí
El 10 de agosto de 2025, cinco periodistas de Al Jazeera dejaron de existir. Un ataque aéreo israelí pulverizó la carpa de prensa cerca del hospital Al-Shifa, en Gaza. Se llamaban Anas al-Sharif, Mohammed Qreiqeh, Ibrahim Zaher, Mohammed Noufal y Moamen Aliwa. Sus cuerpos, destrozados, yacían entre cámaras retorcidas y chalecos antibalas marcados con la palabra «PRESS», una inscripción que se volvió inútil, casi grotesca.
El ejército israelí, con una frialdad burocrática, afirmó de inmediato que Al-Sharif pertenecía a una célula de Hamás. Sin pruebas. Sin necesidad. La acusación bastaba para justificar la eliminación. Al Jazeera y varias organizaciones internacionales protestaron, pero esas protestas suenan a ritual: repetitivas, ineficaces, pronto devoradas por el ruido mediático.
No es un accidente. Es un método. Desde octubre de 2023, más de 150 periodistas palestinos han sido asesinados. Bombardeos a zonas de prensa, disparos de francotiradores contra figuras perfectamente identificables, ataques contra estudios… La repetición genera una sensación de inevitabilidad. Como si la muerte de periodistas fuera ya una cláusula tácita del conflicto.
Detrás de esta mecánica está el aparato de inteligencia: el Mossad, el Aman. Precisión clínica. Los teléfonos y GPS de los reporteros son balizas. Se les sigue, se les clasifica, se espera el momento oportuno. Después, se explica. Siempre la misma fórmula: «Objetivo terrorista». Más simple así. Más limpio.
Shireen Abu Akleh, en 2022, asesinada de un disparo en la cabeza a pesar de su chaleco «PRESS». Investigación independiente, responsabilidad israelí. No pasó nada. Es la norma: impunidad total, tranquila, casi cómoda. Cada asesinato es una advertencia implícita: «Vosotros seréis los próximos».
La comunidad internacional observa, condena, olvida. Las resoluciones se amontonan como hojas muertas. Nada cambia. El silencio se instala, y con él una forma de consentimiento pasivo.
La masacre del 10 de agosto no es un exceso, es un paso más. El Mossad no se limita a espiar: organiza un proceso de erradicación del testimonio. No es solo la muerte de individuos. Es la desaparición metódica de quienes podrían contar lo ocurrido. Y en ese vacío, solo queda la versión oficial.
Cada reportero que entra en Gaza sabe que lleva una mira invisible en la espalda. No es una metáfora. Es un hecho. Un dato logístico. Y eso es exactamente lo que quiere el Mossad: que esa conciencia de la muerte inminente se convierta en el filtro de cada imagen, de cada palabra…
G.S.